Cartas desde Tobermory
Pequeñas cosas que conviene tener presentes
16 de junio de 2012
Totalitarismo
Se llena de comentarios de pésimo gusto la noticia de una mujer que
decidió tener ocho hijos, y se apoya el aborto en nombre de la libertad y
el honor. Legisladores pícaros y personas de buena voluntad promueven
normas contra el maltrato animal, mientras se deja morir de hambre, frío
e ignorancia a chicos explotados por sus padres en nombre de su derecho
a la patria potestad. Proyectos de ley anunciados
con fanfarrias anuncian que los padres no podrán disciplinar a sus
hijos, mientras nos van metiendo al Estado en cada regulación absurda de
nuestra vida cotidiana. Vamos camino al Estado más totalitario que haya
experimentado este país. Olviden cualquier ejemplo del pasado que les
quieran hacer creer como despótico. El problema no es económico, es
político; la inconsistencia es moral. La ambición del vicioso es que su
anormalidad se vuelva regla.
20 de febrero de 2012
El eterno combate
Cada día tiene su afán. Uno debe combatir. Pareciera que en determinados momentos de nuestra vida, y más allá de las creencias personales, tenemos un oponente en particular. Ese otro que puede sacarnos de las casillas, hacernos perder la compostura, molestarnos y desviarnos. Toda ira parecería justificada.
Con ello, el oponente ya ha ganado. O como decía aquél autor -hoy un poco confundido para mi gusto-, "tu alma ya es suya".
No les demos el gusto. Mantengamos la calma. Todo pasa. Podemos sobrellevarlo. De hecho, lo sobrellevaremos sin ningún problema. Sólo hay que respirar profundo y convencerse que en la paciencia está el combate, y en la fe en el buen obrar la victoria. Son los segundos heroicos en los que el alma debe encontrar la paz, la perspectiva, la tierra firme donde asentarse para soportar el embate.
Y les puedo asegurar que al cabo de esos segundos, todo será maravillosamente bueno.
Con ello, el oponente ya ha ganado. O como decía aquél autor -hoy un poco confundido para mi gusto-, "tu alma ya es suya".
No les demos el gusto. Mantengamos la calma. Todo pasa. Podemos sobrellevarlo. De hecho, lo sobrellevaremos sin ningún problema. Sólo hay que respirar profundo y convencerse que en la paciencia está el combate, y en la fe en el buen obrar la victoria. Son los segundos heroicos en los que el alma debe encontrar la paz, la perspectiva, la tierra firme donde asentarse para soportar el embate.
Y les puedo asegurar que al cabo de esos segundos, todo será maravillosamente bueno.
4 de diciembre de 2011
El fin del tránsito inocente
He conocido personas que han salido indemnes de muchas cosas. El contenido moral de este beneficio lo dejo a Aquél que lo conoce todo, confiado en su inifinita sabiduría.
Sin embargo, siempre he sentido curiosidad respecto de aquéllos a quienes el pasado no los afecta, aquellos que circulan por la vida liberados de las cargas que los hechos cumplidos registran en su haber. Personas como nosotros que han logrado despojar a los propios eventos decisivos de todo sentimiento. Especialmente, del más básico sentimiento que puede encontrarse en el corazón de cada ser humano: la melancolía. He intentado todo tipo de respuesta. Y después del análisis individual se llega a la conclusión general. Que no es mía, por supuesto. Es tan antigua como el encuentro de un niño y un zorro.
La memoria es un lazo particular. En algunos casos no se entiende la naturaleza de esa ligazón específica. A pesar de ello, siempre existen en su esencia, más o menos expuesta, dos pilares fundamentales: el compromiso y la domesticación. Pilares naturales del ser humano en su relación con sus iguales y con las cosas. A través de su memoria, el hombre genera esos lazos invisibles. Se compromete con las personas y domestica a las cosas de ese país personalizado que es el pasado, ese país que se ha hecho familia.
¿Porqué algunos escapan de los efectos de la memoria?. Dejando de lado a aquellos que simulan estar liberados de sus efectos, existen los que no generaron ni compromiso con las personas de su pasado, ni domesticaron lugares ni cosas que hicieron a ese pasado. Aquellos que lo hicimos, que lo hacemos cada día, carecemos del beneficio del tránsito inocente por las tierras que el tiempo y el espacio nos han asignado. Jamás estaremos a salvo de los recuerdos que nos asalten al cruzarnos con una calle, una esquina, un día del año, un nombre. En cada recodo del camino nos espera un hecho decisivo o instrumental de la vida que pasó. La persona reencontrada nos pone en contacto con esa otra que fuimos, que soñaba, que amaba, que se equivocaba.
Lejos de ser una carga, el dulce fruto de la memoria es el reaseguro del compromiso, del lazo generado. En definitiva, la vida no ha pasado en vano. Se habrán sucedido éxitos y derrotas, ganancias y pérdidas; pero jamás los eventos esenciales -el amor en todas sus formas, el desamor bajo sus vestiduras circunstanciales- habrán transcurrido imperceptibles. Quedará por ver qué hemos aprendido, cómo hemos expiado nuestras faltas, en qué hemos transformado nuestras vidas.
El tránsito inocente de la juventud habrá terminado. Bienvenido sea por el alma. Ojalá seamos capaces de confesar abiertamente un "voy a llorar", cuando el rostro de aquella persona amada en la juventud, el error cometido, el país abandonado, nos sacudan al pasar distrídamente. Será señal de que no hemos muerto del todo por efecto de la desidia.
Sin embargo, siempre he sentido curiosidad respecto de aquéllos a quienes el pasado no los afecta, aquellos que circulan por la vida liberados de las cargas que los hechos cumplidos registran en su haber. Personas como nosotros que han logrado despojar a los propios eventos decisivos de todo sentimiento. Especialmente, del más básico sentimiento que puede encontrarse en el corazón de cada ser humano: la melancolía. He intentado todo tipo de respuesta. Y después del análisis individual se llega a la conclusión general. Que no es mía, por supuesto. Es tan antigua como el encuentro de un niño y un zorro.
La memoria es un lazo particular. En algunos casos no se entiende la naturaleza de esa ligazón específica. A pesar de ello, siempre existen en su esencia, más o menos expuesta, dos pilares fundamentales: el compromiso y la domesticación. Pilares naturales del ser humano en su relación con sus iguales y con las cosas. A través de su memoria, el hombre genera esos lazos invisibles. Se compromete con las personas y domestica a las cosas de ese país personalizado que es el pasado, ese país que se ha hecho familia.
¿Porqué algunos escapan de los efectos de la memoria?. Dejando de lado a aquellos que simulan estar liberados de sus efectos, existen los que no generaron ni compromiso con las personas de su pasado, ni domesticaron lugares ni cosas que hicieron a ese pasado. Aquellos que lo hicimos, que lo hacemos cada día, carecemos del beneficio del tránsito inocente por las tierras que el tiempo y el espacio nos han asignado. Jamás estaremos a salvo de los recuerdos que nos asalten al cruzarnos con una calle, una esquina, un día del año, un nombre. En cada recodo del camino nos espera un hecho decisivo o instrumental de la vida que pasó. La persona reencontrada nos pone en contacto con esa otra que fuimos, que soñaba, que amaba, que se equivocaba.
Lejos de ser una carga, el dulce fruto de la memoria es el reaseguro del compromiso, del lazo generado. En definitiva, la vida no ha pasado en vano. Se habrán sucedido éxitos y derrotas, ganancias y pérdidas; pero jamás los eventos esenciales -el amor en todas sus formas, el desamor bajo sus vestiduras circunstanciales- habrán transcurrido imperceptibles. Quedará por ver qué hemos aprendido, cómo hemos expiado nuestras faltas, en qué hemos transformado nuestras vidas.
El tránsito inocente de la juventud habrá terminado. Bienvenido sea por el alma. Ojalá seamos capaces de confesar abiertamente un "voy a llorar", cuando el rostro de aquella persona amada en la juventud, el error cometido, el país abandonado, nos sacudan al pasar distrídamente. Será señal de que no hemos muerto del todo por efecto de la desidia.
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